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Las trampas

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Cuando la vida te niega hasta lo mas necesario, la gente ha de sobrevivir y ha de ahorrar hasta el último céntimo. Por esta razón, en los años 50 era bastante común el hacer trampa en la luz. ¿Qué como se hacía?... muy sencillo, se cogía una fase de la línea eléctrica (entonces era de 125) y la otra se liaba en el grifo de la cocina que hacía de tierra. Y ya está, el vecino tenía luz pero no se movía el contador. Esto tenía una pega, algunas veces, cuando intentábamos abrir el grifo del agua, te quedabas pegado y aunque no era suficiente para hacerte daño, no dejaba de ser molesto. El marido de nuestra vecina la Señora Felipa, era un manitas en estos menesteres, aunque una vez, recuerdo que haciendo de gato por los tejados se cayó a la planta baja y no se mató unos dicen que de milagro y otros que lo protegió el alcohol que llevaba en el cuerpo. La cuestión es que había veces que la conversación que se podía oir en mi casa era la siguiente... ¡Carmen, tráeme un vaso de agua, por favor!...

Los Siux

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- Nosotros tenemos una banda. - ¡Va, no me lo creo!. - Si, yo soy el jefe y somos una banda de Siux, si no te lo crees una noche iremos a hacerte una visita cuando estéis cenando en la calle. - ¡Vale!. Y se alejan los dos niños haciendo como que galopan en un caballo invisible mientras se fustigan el culo para hacerse correr mas. A mi, la verdad, el que tuvieran una banda de Siux o no, nLos o me importaba gran cosa, pero el que hubiera unos niños que vinieran por mi pedazo de calle Jesús, no dejaba de hacerme ilusión. Era verano y en la pequeña isla que era mi finca en la calle, los vecinos éramos una familia y nos juntábamos para cenar cada uno con su bocadillo y su botella de agua o gaseosa. Cena de sobaquillo. Actualmente, prácticamente se ha perdido a nivel de finca, pero todavía continua en los “casals” de las Fallas. Cuando caía la tarde y el sol desaparecía, un viento fresco y suave, cargado de mil aromas de la huerta, llegaba a nuestra finca y poco a poco, los vecinos sacaban s...

Tarde aburrida

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En el aparato de radio (Luego diríamos el transistor y ahora el MP3) sonaba la música de José Luis y su guitarra...” Mariquilla bonita, graciosa chiquilla, tienes mi querer”. Mi hermana pegaba su cara al aparato para no perderse ninguno de los compases. Encima del aparato, una pequeña bailarina hawaiana de plástico que nos había regalado mi cuñado Angel, bailaba desesperadamente con las vibraciones del altavoz y en la mesa camilla mi madre pelaba tomates. Yo, jugaba en el suelo con las canicas. En el suelo de la sala de mi casa había un agujero entre los ladrillos que me servia para multitud de cosas... en el, los vaqueros de plástico se escondían para que no los descubrieran los indios, con las pequeñas figuras de animales simulaba el lago donde bebían y con las canicas, era el “gua”. La tarde del sábado transcurría monótona, sobre todo para un niño que no podía tener amigos porque alrededor de su casa solo habían unas cuantas niñas, claro que tampoco los echaba mucho a faltar porque ...

El cine Ribalta

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El cine Ribalta, el querido cine de barrio. Cuantas veces hemos visto al bueno matar al malo, cuantas veces los espadachines han cruzado sus espadas en su salón que olía a tortilla y humanidad. Ahora los niños tienen las Wii y juegos en tres dimensiones pero... todo esto ya estaba inventado y nosotros lo teníamos en el Ribaltilla. Cuando los caballos trotaban por la pradera, todo el cine trotaba, los niños saltábamos en nuestros asientos al paso del caballo y cuando el monstruo movía sus palpos viscosos, nosotros los notábamos deslizarse por debajo de nuestros asientos. Pero, no preocuparse, nunca pasaba nada porque estábamos con mamá y nunca podría pasarnos nada estando cerca de su aura protectora. Por las noches, en el Ribalta se juntaban los mil olores de las cenas que, a falta de televisión, la gente se llevaba al cine. Podías ver a Burt Lancaster en medio de la selva y entre los chillidos de los monos y los rugidos de los leones, oías él agudo sorber de la salsa de los caracoles. ...

El Coloso

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Era alto, inmenso, esbelto, era un eucaliptus bellísimo. Estaba en el patio del colegio, nos daba sombra y nuestras madres recogían sus hojas para ponerlas a hervir y perfumar la casa. ¡A cuantos niños habrá observado desde su cúpula mayestática!. Cuantos "corros del chirimbolo", cuantas veces nos habremos arrimado a el para taparnos los ojos y contar veinticinco mientras nuestros amigos se escondían. Desde la galería de mi casa parecía que ocupaba todo el horizonte y de vez en cuando nos llegaba el intenso perfume de sus hojas que competía, en invierno, con el maravilloso perfume del azahar que nos llegaba de los campos. Estaba en el colegio de las chicas, nosotros los chicos, ocupábamos otro patio y no gozábamos tan a menudo de su protectora presencia. En este colegio aprendimos a leer, yo con Don Itropio (palabra de honor que se llamaba así). Recuerdo que teníamos unos pupitres en los que había un pequeño recipiente con la tinta. Entonces, todavía no estaba de moda el bolí...

Caballo de crin plateada

Caballo de crin plateada Si paras a descansar Observarás desde el monte El fértil valle perdido Y verás, cuan sin sentido Buscando otros horizontes A sido tu cabalgar.

El Tranvieret

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Mis dos hermanas eran muy guapas. No es que yo las viera guapas, ¡eran guapas!. Yo lo sabía por la cantidad de chicos que las cortejaban. Sobre todo a la pequeña, porque la mayor, al llevarme catorce años, yo la he conocido siempre, o con su novio Angel o casada. Verdaderamente yo no recuerdo cual de mis dos hermanas le gustaba al “tranvieret”. Pero que le gustaba era un hecho ya que lo demostraba de una manera estrepitosa cuando pasaba por el frente de mi casa. Entonces, los tranvías eran básicamente unas ruedas encajadas en unos railes, la estructura del tranvía de madera y un trole con una rueda que encajaba en un tendido eléctrico que unos postes mantenían tirante sobre las vías. Había dos personas que llevaban estos vehículos, el cobrador, que estaba en la parte de atrás, que era por donde se subía y él más importante, el conductor. En realidad, la tarea del conductor era muy sencilla. Se limitaba a girar una manivela que hacía que el motor eléctrico girara a mayor o menor velocid...

El señor Bernardo

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El señor “Menano” era un zapatero remendón. Trabajaba en el piso de debajo de mi casa y su taller ocupaba la sala. Toda las propiedades de su negocio eran, una silla baja y raida, un yunque donde descansaba el zapato, unos botes de cola y clavos. Yo me acuerdo de el estando yo sentado en el suelo mirando con que celeridad se metía los clavos en la boca y después de encajar el zapato en aquella especie de yunque, ponía un poco de cola en una pieza de cuero, la pegaba al tacón del zapato y con un pequeño martillo la iba clavando rápidamente. Después, la recortaba cuidadosamente para que no sobresaliera, le ponía con un trapo un betún negro o marrón y ya tenia el zapato arreglado. El señor Bernardo tenía que ser muy pobre (Para mí era “Menano” porque todavía no hablaba bien), pero yo no me daba cuenta. Por no tener, no tenía ni estanterías y los zapatos descansaban alrededor de el en el suelo de la sala. Pero el señor Bernardo me dio algo muy importante en mi vida. Algo que me ha servido ...