Entradas

El cine Ribalta

Imagen
El cine Ribalta, el querido cine de barrio. Cuantas veces hemos visto al bueno matar al malo, cuantas veces los espadachines han cruzado sus espadas en su salón que olía a tortilla y humanidad. Ahora los niños tienen las Wii y juegos en tres dimensiones pero... todo esto ya estaba inventado y nosotros lo teníamos en el Ribaltilla. Cuando los caballos trotaban por la pradera, todo el cine trotaba, los niños saltábamos en nuestros asientos al paso del caballo y cuando el monstruo movía sus palpos viscosos, nosotros los notábamos deslizarse por debajo de nuestros asientos. Pero, no preocuparse, nunca pasaba nada porque estábamos con mamá y nunca podría pasarnos nada estando cerca de su aura protectora. Por las noches, en el Ribalta se juntaban los mil olores de las cenas que, a falta de televisión, la gente se llevaba al cine. Podías ver a Burt Lancaster en medio de la selva y entre los chillidos de los monos y los rugidos de los leones, oías él agudo sorber de la salsa de los caracoles. ...

El Coloso

Imagen
Era alto, inmenso, esbelto, era un eucaliptus bellísimo. Estaba en el patio del colegio, nos daba sombra y nuestras madres recogían sus hojas para ponerlas a hervir y perfumar la casa. ¡A cuantos niños habrá observado desde su cúpula mayestática!. Cuantos "corros del chirimbolo", cuantas veces nos habremos arrimado a el para taparnos los ojos y contar veinticinco mientras nuestros amigos se escondían. Desde la galería de mi casa parecía que ocupaba todo el horizonte y de vez en cuando nos llegaba el intenso perfume de sus hojas que competía, en invierno, con el maravilloso perfume del azahar que nos llegaba de los campos. Estaba en el colegio de las chicas, nosotros los chicos, ocupábamos otro patio y no gozábamos tan a menudo de su protectora presencia. En este colegio aprendimos a leer, yo con Don Itropio (palabra de honor que se llamaba así). Recuerdo que teníamos unos pupitres en los que había un pequeño recipiente con la tinta. Entonces, todavía no estaba de moda el bolí...

Caballo de crin plateada

Caballo de crin plateada Si paras a descansar Observarás desde el monte El fértil valle perdido Y verás, cuan sin sentido Buscando otros horizontes A sido tu cabalgar.

El Tranvieret

Imagen
Mis dos hermanas eran muy guapas. No es que yo las viera guapas, ¡eran guapas!. Yo lo sabía por la cantidad de chicos que las cortejaban. Sobre todo a la pequeña, porque la mayor, al llevarme catorce años, yo la he conocido siempre, o con su novio Angel o casada. Verdaderamente yo no recuerdo cual de mis dos hermanas le gustaba al “tranvieret”. Pero que le gustaba era un hecho ya que lo demostraba de una manera estrepitosa cuando pasaba por el frente de mi casa. Entonces, los tranvías eran básicamente unas ruedas encajadas en unos railes, la estructura del tranvía de madera y un trole con una rueda que encajaba en un tendido eléctrico que unos postes mantenían tirante sobre las vías. Había dos personas que llevaban estos vehículos, el cobrador, que estaba en la parte de atrás, que era por donde se subía y él más importante, el conductor. En realidad, la tarea del conductor era muy sencilla. Se limitaba a girar una manivela que hacía que el motor eléctrico girara a mayor o menor velocid...

El señor Bernardo

Imagen
El señor “Menano” era un zapatero remendón. Trabajaba en el piso de debajo de mi casa y su taller ocupaba la sala. Toda las propiedades de su negocio eran, una silla baja y raida, un yunque donde descansaba el zapato, unos botes de cola y clavos. Yo me acuerdo de el estando yo sentado en el suelo mirando con que celeridad se metía los clavos en la boca y después de encajar el zapato en aquella especie de yunque, ponía un poco de cola en una pieza de cuero, la pegaba al tacón del zapato y con un pequeño martillo la iba clavando rápidamente. Después, la recortaba cuidadosamente para que no sobresaliera, le ponía con un trapo un betún negro o marrón y ya tenia el zapato arreglado. El señor Bernardo tenía que ser muy pobre (Para mí era “Menano” porque todavía no hablaba bien), pero yo no me daba cuenta. Por no tener, no tenía ni estanterías y los zapatos descansaban alrededor de el en el suelo de la sala. Pero el señor Bernardo me dio algo muy importante en mi vida. Algo que me ha servido ...